Pentecostés

La palabra pentecostés viene del griego y significa el día quincuagésimo. A los 50 días de la Pascua los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34, 22; Dt 16, 9 – 17; Nm 28, 26). Esta fiesta, eminentemente agrícola, se convirtió, en la época del postexilio, en fiesta también conmemorativa de la Alianza del Sinaí.

Al principio, los cristianos no celebraron esta fiesta de pentecostés. Las primeras alusiones de su celebración las encontramos al final del segundo siglo y al inicio del tercero, en los escritos de San Ireneo, Tertuliano y orígenes. En el siglo IV, se encuentran testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma, Milán y también de la Península Ibérica, se da un relieve particular al último día de la cincuentena pascual.

Con el tiempo se le fue dando mayor importancia a este día, teniendo presente el acontecimiento histórico de la venida del Espíritu Santo sobre María Santísima y los Apóstoles. Gradualmente fue formándose una fiesta paralela a la Pascua. Se preparó con un ayuno y una vigilia solemne. Después de la fiesta, como se hacía para la Pascua, se celebraba la octava, es decir, se prolongaba la fiesta por el espacio de una semana.

Con el Concilio Vaticano II se profundizó sobre el sentido teológico y el origen de la fiesta de Pentecostés y se hizo la reforma. En las “Normas Universales sobre el año Litúrgico y el Calendario” del 21 de marzo de 1969, leemos:

“Los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún `un gran domingo`” (n. 22).

Los cincuenta días pascuales forman una unidad, y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés no son celebradas como fiestas aisladas o episodios sucesivos acontecidos en el tiempo, sino como aspectos de un solo y único misterio.

He aquí lo que se lee en el “Comentario del Año Litúrgico restaurado”

“Las investigaciones en torno al misterio pascual realizadas en nuestro tiempo han permitido descubrir un íntimo nexo entre el don del Espíritu Santo, la Resurrección y la Ascensión del Señor. Por eso muchos optaron por la supresión de la Octava de Pentecostés. Y así se hizo” (Calendarium Romanum, Roma 1969, p. 56).

Pentecostés no es pues una fiesta del Espíritu Santo desligada de la Pascua, sino un fruto de ella.

El teólogo Karl Rahner escribe:

“Pentecostés es la consumación de los santos misterios cuya memoria celebramos en el tiempo de Pascua; consumación de los misterios del sacrificio de la muerte del Señor, de su victoria en la resurrección y de su entrada en la eternidad del Padre en la Ascensión. Todo esto sucedió sólo para que el Espíritu de Dios fuera nuestra herencia. Todos estos acontecimientos tenían un único fin: reconciliar la tierra y los hombres y entregar y entregar a Dios este mundo reconciliado, por eso es Pentecostés la consumación de la Pascua… el Espíritu Santo del Dios eterno ha llegado, está aquí; vive en nosotros; nos santifica; nos fortalece; nos consuela; es la prenda de la vida eterna y las arras de la victoria total” (El Año Litúrgico, p. 101).

A la luz de estos conceptos, podemos sintetizar diciendo: Pentecostés es fiesta Pascual y fiesta del Espíritu Santo.

“Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad una dominación, la misión una propaganda, el culto una evocación y el actuar cristiano una moral de esclavos. Mientras que en El, el cosmos se levanta y gime en los dolores de parto del reino, el Cristo Resucitado está presente, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia es comunión Trinitaria, la autoridad es servicio liberador, la misión es pentecostés, la Liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano es identificado” (Ignatios de La Odisea).

“Dios no nos ha dado sus dones, sus dones meramente creados, que tan finitos como nosotros mismos, a sí mismo, a sí mismo con la incondicionabilidad de sus esencia, con la claridad de su propia posesión consciente, con la libertad de su amor, con la felicidad de su vida trinitaria. Se nos ha entregado. Y a este Dios que se entrega así mismo llamamos Espíritu Santo. Es nuestro. Está en cada corazón que le invoca humildemente y con fe. Hasta tal punto es nuestro, que propiamente ya no se puede decir qué es el hombre, pues se dice que Dios mismo es suyo. Dios es nuestro Dios. Este es el mensaje de Pentecostés” (Karl Rahner).

 

 

Parroquia Jesús Misericordioso, Garin. Bs. As. Diocesis Zarate-Campana

OH JESÚS, que elegiste a Santa Faustina

como portadora del mensaje de tu Misericordia

para el perdón y la paz de nuestros corazones pecadores

cuando nos acercamos a la Reconciliación y la Eucaristía;

te rogamos poder imitarla en su total confianza

y en su obediencia de fe; ayúdanos a formar el coro

que entone tu Misericordia

amando a los enemigos y rezando por los perseguidores,

para poder experimentar desde este suelo

la alegría que reservas a tus santos.

Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo

por los siglos de los siglos. AMÉN

miembros de catholic.net miembros de catholic.net

Pelícano

El pelícano, imagen de Cristo que abrió su costado para salvarnos alimentándonos con su sangre. Es por eso que el pelícano aparece en el arte cristiano, en tabernáculos, altares, columnas, etc.

 

 

 

Junto con muchisimas otras aves, el pelícano es visto como inmundo ejemplo en Lev. 11, 18. También Jesús fue tenido como inmundo. Los primeros cristianos tomaron al pelíano como símbolo de expiación y redención.

Reza la Divina Misericordia todos los días a las 3:00 pm y pídele a Jesús que te acerque a Él, dile que tú no puedes ascender con tus propias fuerzas hacia Él y dile que quieres que Él te ayude a ascender. Díselo.

 

No le pidas cosas materiales, pídele eso y lo demás llegará también.